-Carabel, ¿quiere usted que le diga una gran verdad?
-Diga lo que se le antoje.
-¿Una verdad fundamental, la verdadera ley que rige los destinos humanos?
-Bien. Hable.
-Mire, Carabel, yo sé mucho más que usted de vida. Mi historia es muy larga, y mi experiencia, mayor. Oiga ahora esto: sólo hay una fuerza en el mundo: la maldad. El bueno triunfa accidentalmente. Es tan débil, que por instinto busca la compañía de los otros buenos. Donde hay un bueno está siempre el germen de la asociación. Un bueno piensa constantemente en fundar algún comité, alguna agrupación, alguna hermandad. Por sí solo es blanducho, ineficaz, inapreciable. Existe una agrupación para perseguir a los malhechores: La Guardia Civil. Hay muchas agrupaciones para dar de comer a unos poquitos hambrientos. Hasta hay sociedades para salvar a los naúfragos. Y aún así, no se consigue gran cosa. En cambio, el malo rara vez precisa del auxilio de sus congéneres. Su poder es tanto que se basta de sí mismo. Logra todo lo que desea y desea todo lo que le agrada. El dinero es de él, y el amor, y el mando, y hasta la estimación de los virtuosos…
-Es verdad, pero también es abominable que así ocurra.
-¿Abominable? No sé…¿Qué haría la humanidad si la manejasen los buenos, que son los menos aptos? Para emprender las más grandes obras que acometió el hombre, fue necesario que las impulsasen corazones duros que nos se conmovían ante espectáculos tan dolorosos que le harían desmayarse a usted como a una señorita. Muchos famosos capitanes no fueron más que bandoleros. La inmensa mayoría de los negociantes que, al enriquecerse, enriquecieron a su nación, eran geniales ladrones. Si se quisiese conocer a un posible triunfador, sería preciso examinar su conciencia.
-Sí, hay que ser malo para vencer en la vida.
-Pero eso es lo más difícil.
-¿Por qué?
-Porque el mal es siempre activo, y la virtud, pasiva y estática. No quiero decir que la virtud no realice a veces grandes esfuerzos, pero sí que no le son precisos para existir. Le basta con no abandonar su actitud de reposo. ¿Qué hace falta para ser bueno? Observar el Decálogo. Pues bien, fíjese usted en que casi todos sus preceptos son negativos: no robarás, no matarás, no codiciarás la mujer de tu prójimo, no mentirás…, en fin, no harás nada. Si no hace nada, eres una excelente persona. En cambio, para el malvado todo es actividad, ímpetu, trabajo. Tiene que robar, que matar, que mentir; tiene que seducir a las mujeres del prójimo…: una labor abrumadora para la que se necesitan grandes alientos….
El malvado Carabel (1931)
Wenceslao Fernández Flórez